américo reyes

Toda la ambivalencia del deseo, que tránsfuga busca un paradero, queda expuesta en estos poemas corales de Américo Reyes, donde los cuerpos, como en un baile nocturno, se acechan y se van. Seguimos así la pista de un relato que se vuelve canto, a la vez tierno y venenoso, flechado por una realidad silenciosa que se vislumbra tras los arbustos o la puerta abierta de un baño. Las reglas del juego parecen claras y, sin embargo, a cada instante se reinventan. No faltará quien diga en voz baja: “compórtate como si me necesitaras”.
Bareback
*
Nos fuimos él y yo acercando poco a poco a una noche que parecía perfecta en su desorden. Una noche llena de insinuaciones y recovecos. De insolencias sin fin. Llena incluso de sí misma. Como en los sueños.*
Estábamos en mi casa y ya habíamos hablado lo suficiente y hacía mucho calor, a pesar de ser abril. Entonces él me pidió el baño para darse una ducha. La sola idea me conmovió en exceso y no pude negarme. Al entrar, no cerró la puerta y yo, un tanto apesadumbrado, oía con inusitada claridad el chirriar del agua sobre su cuerpo. No aguanté más y me acerqué para preguntarle si siempre se duchaba con la puerta del baño abierta. “No” me respondió con una risa rara. “Ésta es mi primera vez…”*
Quizás no era juventud lo que vi. Quizás era una expresión innovadora del delirio. Quizás no era nada más que quizás.*
Desnudo se ve de más edad como si le sobraran límites. O como si algo que se escondía en él cobrara vida del modo más brutal. Y es que, sin falsas pretensiones, frente a un hombre desnudo recupero siempre la inocencia… pero sólo para volver a perderla.*
Lo sé: le gusté al cholito descarado por mi cara de expectación cada vez que con la mirada penetrante me ofrecía en susurros —dejando entrever sus intenciones—: “¿Otra copita, don Américo?” Le gusté como puede gustar quien ha vivido demasiado pero se hace el leso. Le gusté como puede gustar un viejo generoso con sus mamadas y sus lukas —y con el vino brindado en sacrificio—.*
Ciudad Espléndida, marzo de 2021 Se quitó la mascarilla y yo seguí mirándole los ojos. Había en ellos un zigzagueo muy parecido a la ternura; a la sazón deduje que ese zigzagueo era técnicamente una ternura —si bien carecía de abandono y simplicidad—. Aun así, caí en el juego de su mirada —lo que parecía divertir sobremanera al pinganilla mamón que tenía enfrente—.*
Aparte de las ladillas me pegó también esa melancolía que solo contagia un afuerino azaroso al que nunca más volveremos a ver justamente por haberlo visto del todo y al cien por ciento.*
Como percibiera en él aires familiares me acerqué, a fin de preguntarle si nos conocíamos. “No, papi, pero podríamos empezar ahora” me respondió entre adulón y coqueto, con acento caribeño. “¿Empezar qué?” le pregunté intrigado. “Empezar a conocernos” contestó. “Allí está oscurito” expresó, señalando con los labios el rincón más oscuro de esa plazuela abandonada en la que nos encontrábamos —y en la que abundaban latas de cerveza y cachureos de todo tipo— y agregó, no sin picardía: “La oscuridad es donde mejor se conoce la gente…” Acepté y lo acompañé al sitio propuesto. Cuando acabamos me espetó: “Son veinte lukitas”. “¿¡Cómo!?” respondí asombrado. “¡No hablamos nada de eso!” Pero igual le pasé las únicas veinte lukas que tenía, solo para salir cuanto antes del embrollo. Fue el instante en que me guiñó un ojo, susurrándome en tono de revelación: “Volvemos a no conocernos, papi”. Y se fue quién sabe a dónde.*
En un sueño me robaron la vergüenza y encontré al ladrón en la realidad, cerca de mi casa, tomándose una chela en un boliche clandesta. Su camisa desabrochada dejaba entrever un vello negro y ensortijado. “Con razón me robó la vergüenza” pensé no bien lo reconocí por el grosor de sus muslos, y comencé a escrutarlo de reojo. A sabiendas, mi ladrón se dejaba escrutar. Éramos los únicos parroquianos de ese tugurio que no miraban el fútbol en la TV, éramos los únicos que no sonreíamos por sonreír, los únicos que se habían conocido antes en un sueño… claro que eso lo sé ahora mientras escribo estas líneas irremediablemente despierto.*
Doy fe que no tengo fe. La perdí en una noche de copas mientras me entretenía con un extraño. Él insistía que en las próximas elecciones presidenciales iba a ganar mi candidato, y yo insistía en que iba a ganar el suyo. Y nos enredamos en una discusión en la que acabamos convenciéndonos el uno al otro. Y llegó el amanecer y ya no éramos extraños. Fue cuando cada cual decidió seguir por su camino.*
Me dijo “cuida tus heridas” —no me pidió que las curara— y yo empecé a sobar mis escozores y entendí que haber esperado tanto valió la pena. De pronto me dijo “soy bi…” y a mí me dio risa pues nadie se había interesado por mis estremecimientos de esa forma y no me quedó más remedio que rogarle. Lo último que dijo fue “compórtate como si me necesitaras” y yo me mordí la lengua y me pregunté de qué estarían hechas sus euforias.*
Por mi parte le dije “sería todo” con la esperanza de que él me pidiera explicaciones, que me preguntara qué haces, cómo se te ocurre, si hasta a los heterosexuales les cuesta encontrar a alguien, además la pasamos súper, qué pareja paga miti-miti el motel… En fin, yo le dije “sería todo” lleno de expectativas y él respondió “sería todo” y se despidió afectuosamente antes de tomar su micro y no lo volví a ver… ¡ha pasado una hora y no lo he vuelto a ver!*
Amigo, disculpa: necesitaba cansarme. Venía de rendir cuentas demasiado obvias y al verte supe que me pertenecías. Yo era, al fin, hijo de tus vacilaciones —como tú de las mías—. Aprendí a ser un sabio al abrazarte y no solo tu sinceridad era nueva para mí —no solo tu noción de fe, no solo tu piel—. Y aprendí a quejarme, siendo libre. Amigo, fuiste un hombre besado: el mejor.***
Ven a mirar cómo no muero
Américo Reyes Vera (Curicó, Chile, 1960). Es autor, entre otros, de los libros de poesía Los poemas plumaveral (Curicó, 1992), Boleros son boleros (Santiago, 1995), El centinela y su cántaro (Curicó, 2010), Que los cuerpos cumplan su destino (Santiago, 2012), El flautista (Valparaíso, 2017) y Canto en el canto (Curicó, 2021). Fue ganador del Premio Mejores Obras Literarias 2019 otorgado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile —género poesía, categoría obras publicadas— con el libro Black Waters City (Ed. Nueve Noventa, Curicó, 2018).
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